Todos hemos visto a esas singulares mujeres de hábito y velo llamadas religiosas sirviendo en la parroquia, en hospitales, dando clases o simplemente caminando por la calle, pues esto no siempre fue así, en este artículo se explicara brevemente como era la vida conventual de las mujeres en sus inicios.

La búsqueda de una vida exclusiva para Dios, en que el amor fuera la medida y la radicalidad el modo, estimuló la forma en que vivían los llamados ascetas que estando con sus familias ayunaban y vivían ásperamente, luego optaron por ir a Egipto huyendo de Roma donde se perseguía a los cristianos, así se fueron agrupando alrededor de figuras sobresalientes que daban dirección a los demás, sus viviendas construidas unas a lado de otras  no significaba que vivían en comunidad, el desarrollo de esta opción siguió avanzando hasta  que en el siglo IV  bajo personajes como San Jerónimo, San Ambrosio, San Agustín, quien sugirió para este estilo de vida, pobreza, castidad , vida común y obediencia, consolidaban las normas que habrían de regir la vida monástica,  fue años después que apareció la regla de San Benito cuando se instauro la práctica de los votos.

En el caso de las mujeres eran cuatro los votos que profesaban, instituidos por el Concilio de Trento 1545-1563, para convertirse en religiosas: pobreza, castidad, obediencia y clausura, me detendré en este último, con él renunciaban a estar en el mundo externo al convento, se comprometían a estar dentro y no salir bajo ninguna circunstancia, salvo la fundación de un nuevo convento, lo que era un verdadero acontecimiento, al morir eran enterradas ahí mismo. No por ello su misión era menor, aunque ellas no salían, los servicios que ofrecían a la comunidad eran diversos, principalmente fungían como centros educativos para mujeres, labor loable en una época en que la educación de dicho sector no era una prioridad, de asistencia social, depósitos de solteras a quienes protegían en un tiempo en que las mujeres solas no eran bien vistas, además de intensa oración.

Como puede apreciarse, su clausura no hacía de los conventos un lugar de puertas cerradas, al contrario, era una casa abierta siempre, con el paso del tiempo y respondiendo a otras realidades ahora hay dos tipos de vida consagrada, una es la que ya se ha mencionado, la de clausura que invierte la mayor parte de su tiempo en la contemplación y oración, combinándola con diversas tareas y la religiosa de vida activa que se inserta en las realidades de la comunidad.

La Iglesia no deja de caminar, de buscar nuevas rutas para salir al encuentro del hermano.

 

Por: Lucía García, Pastoral Juvenil Diócesis Valle de Chalco