Según el censo de población del año 2010, el 84% de los mexicanos ha declarado profesar la fe católica y casi un 10% más,  profesa la religión cristiana. Somos en verdad una mayoría, que debería estar inspirando y conduciendo los distintos aspectos de la vida en común,  por el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

Es cierto, sin embargo, que las leyes de nuestro País desde la constitución de 1917,  no son precisamente favorables al desarrollo de la fe y a la inspiración cristiana de nuestra sociedad y de nuestras instituciones. Más bien han pretendido reducirnos al ámbito privado y en gran parte lo han logrado.

Por otra parte, el sentimiento más profundo de nuestra identidad cristiana y la historia de nuestra patria han estado marcadas  por la presencia de Santa María de Guadalupe, desde sus apariciones en 1531 con el testimonio permanente de su bendita imagen plasmada en la tilma de Juan Diego y en el alma de nuestro Pueblo. Para postrarnos a sus pies hemos peregrinado millones y millones de mexicanos, implorando  su protección y consuelo, darle gracias por tantos beneficios recibidos.  En la mayoría de nuestros hogares o lugares de trabajo, una imagen suya nos recuerda su amor de madre.

Pronto se cumplirá 100 años de la constitución de 1917, pero también recordamos a tantos Mártires que hace 90 años, en la “guerra cristera” o después de ella, dieron testimonio de su fe con persecuciones, cárceles o derramamiento de sangre hasta la muerte, por defender nuestro derecho a la libertad religiosa. Han tenido que pasar casi 100 años para definir en la reforma constitucional el Estado Laico y la Libertad Religiosa.

¿Que nos queda de toda esta historia?, ¿cual es el beneficio de nuestra fe y de nuestra práctica cristiana para la actual situación de hambre de justicia y de paz que sufre nuestra Patria?, ¿Cómo reconciliar a este Pueblo nuestro, tan dividido y confrontado por cuestiones como derechos laborales, educación, situación de la Familia, la vida y los derechos humanos?

El concilio Vaticano II, desde hace 50 años nos ha planteado una exigencia de renovación para ser signo y presencia de Cristo en nuestro mundo y no, meros observantes de la práctica religiosa. Hace ya casi 10 años los Obispos de América Latina han puesto el dedo en la llaga y señalan, que la identidad de la Iglesia y cada uno de los cristianos es ser discípulos misioneros de Jesucristo para que nuestros  Pueblos en Él tengan vida.

El camino es claro, ha insistido el magisterio de Juan Pablo II y del Papa Francisco seguir y mostrar a Jesucristo, “No nos dejemos robar la esperanza”, recuperemos nuestra Identidad y nuestra Misión con el Gozo del Evangelio.

Debemos ser: Una Iglesia en salida, no de mera conservación, misionera 100%, de puertas abiertas… Una Iglesia Sinodal, o sea que debemos hacer el camino juntos, en diálogo y complementariedad de Sacerdotes, Consagrados y Laicos, de manera corresponsable y participativa, todos somos Pueblo de Dios…Una Iglesia Misericordiosa, de otra manera no se entiende el Evangelio, esta actitud es la que hace creíble nuestra proclamación del Evangelio, Cristo es el Buen Samaritano y nosotros somos herederos de su Misión y también de su Misericordia… Una Iglesia pobre, es decir, capaz de dar su justo valor a las cosas materiales y ponerlas auténticamente al servicio del Evangelio.

Lo que la Gente ofrenda generosamente, que sea verdaderamente encaminada a la obra evangelizadora en acciones, edificios y toda clase de servicios que los pobres necesitan. Una Iglesia pobre con los pobres y rica en generosidad…

Todavía nos falta para ser un México Católico y Cristiano…

Mons. Víctor Rene Rodríguez Gómez

Obispo de Valle de Chalco