El disgusto ocasionado por las diversas manifestaciones en todo el territorio nacional va creciendo, pues no se puede negar los contratiempos que provocan las marchas de diario que contribuyen a acelerar la esquizofrenia que de por sí ya se vive en la sociedad. El ritmo de vida en el que estamos inmersos, no nos permite darnos el lujo de llegar tarde al trabajo o a la escuela, nuestra mentalidad individualista de velar solo por mí y mis intereses ocasiona sentir rabia ante los medios de lucha del otro. La situación es, que vivimos en medio del caos, de la cultura del descarte, del consumismo, nos guiamos por un egoísmo que solo vela por los propios intereses, como si estos fuesen los más importantes de todo el mundo, en conclusión: vivimos en una comunidad neurótica donde una manifestación nos saca de quicio.

En reiteradas ocasiones en los medios de comunicación se escuchan voces que enarbolando su derecho de libre expresión, piden con urgencia que las marchas sean reguladas, que se acabe con ellas, que se haga algo y hasta lo que sea necesario con tal de que la avenida por donde siempre pasan esté libre de todo obstáculo que les trastoque su comodidad. Es verdad, las manifestaciones son una molestia, y en ocasiones, cuando dentro de los contingentes hay facciones radicales se vuelven hasta peligrosas; pero, si se quiere acabar con las manifestaciones se debe terminar con todas las causas que hacen que esas personas tomen el espacio público para levantar la voz, como decía Paulo VI: «Si quieres paz, lucha por la justicia».

En mi opinión, el cristiano está fuertemente obligado por el Evangelio a luchar por la justicia, a velar por el sufrimiento del otro y por su existencia. La doctrina social de la Iglesia, ha surgido como esa toma de conciencia del Cuerpo de Cristo (la Iglesia) por su deber ético que le interpela en cada momento, si es que busca con rectitud y valentía la Imitatio Christi, ser como el Maestro deberá entonces levantar la mirada ante los fenómenos sociales que como país estamos atravesando, y estar dispuesto a ver las causas que motivan cada movimiento para entender la realidad de nuestros hermanos que gritan contra diferentes tiranías su derecho a vivir, y vivir con dignidad, y solo entonces podrá denunciar las injusticias del sistema, pero también las injusticias del movimiento.   Los cristianos son los que más deberíamos ser sensibles ante un tema como este, pues en los orígenes del cristianismo vivimos bajo tiranías y persecuciones, ¿y cómo reacciono la comunidad ante ello? Salió a las  plazas públicas a manifestar su fe, a defender sus principios religiosos, aunque esto le costara la vida y el repudio del imperio romano, o de otros tantos imperios que al igual que hoy, también argumentaban que esas expresiones públicas afectaban el orden sano de la metrópolis.   Debemos ser sensibles a quienes se manifiestan, porque la guerra cristera nos recuerda con dolor la desesperación que se siente no ser escuchado, ser excluido de la libertad y de no gozar los derechos individuales.

Quienes luchan tienen una razón profunda y hasta ontológica –diría yo- para marchar, pues caminan por su vida, ya  que la situación actual de la sociedad, de la ley y de la hegemonía de los medios de comunicación, no les ha dejado de otra más que esas medidas. Nosotros, los que nos sentimos afectados por sus movimientos, no debemos ser ajenos y meros espectadores de las convulsiones que este país está viviendo, porque tarde o temprano la descomposición del tejido social romperá nuestra armonía familiar, trastocara también nuestros derechos y pondrá en riesgo nuestra existencia. La política, ese arte de velar por el bien común como lo pensaba San Agustín o Tomas de Aquino, es necesaria que la vuelvan a retomar en sus manos los ciudadanos para así poder velar por el bienestar del otro. Si hiciéramos esto, no habría necesidad de marchas, de caos, de consignas, de suspensión de clases, de marchas del orgullo homosexual, de los padres de Ayotzinapa; sí todos velaramos por el bienestar del prójimo, tal como Jesús nos lo exige como condición para participar de la vida eterna, nadie molestaría la comodidad en que nos manejamos a diario, porque todos estarían ciertos y seguros, que ante la injusticia y el peligro de muerte, podrían recurrir a las instituciones y comunidad para hacer valer los derechos y resarcir las faltas que se cometieron.  Pero mientras no suceda esto, las marchas no se acabaran, al contrario no se necesita ser adivino para predecir, que las manifestaciones aumentaran más y más, porque hoy nos encontramos inmersos en una economía que desmantela a países enteros, una clase política servil a los intereses de unos cuantos, y lamentablemente, aun muchas partes de la población inmersas en su propio mundo, sin conciencia de que la solución de los problemas del otro, nos competen a todos. Las marchas, con todo su desgaste que ocasionan a la vida ordinaria del país, nos recuerdan que este gigante de acero tiene los pies de arena, y que es necesario refundar este país.